Humorismo sueco

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Humorismo sueco

Mensaje  Scissors el Miér Oct 12, 2011 9:53 pm




Alfred Nobel fue un químico, inventor e industrial sueco de notable iniciativa personal que a lo largo del siglo XIX consiguió enriquecerse gracias a sus trabajos en el complejo campo de los explosivos. Entre otras cosas, fue el primero en controlar la nitroglicerina con un detonador específico para ella (tenía aquí un empeño personal, puesto que su propio hermano Emil murió en una explosión accidental con esta sustancia) además de diseñar y emplear antes que nadie la gelignita y la balistita, pero todo el mundo le recuerda por su invención del que probablemente sea el explosivo plástico más famoso de la Historia: la dinamita. Su idea era utilizar todos estos productos para facilitar la labor de los proyectos de ingeniería, construcción y minería, aunque no desdeñó su empleo militar cuando las autoridades bélicas de su país -y de otros- se dieron cuenta de que las explosiones servían igual para abrir una cantera que para abrir la cabeza de los enemigos. Con el paso del tiempo, sus inventos se le escaparon de las manos y en el invierno de su vida tomó conciencia, con gran pesar, de que al final éstos estaban siendo empleados para hacer más mal que bien al ser humano. Ello le creó un fuerte complejo de culpabilidad, del que en 1900 acabó naciendo la Fundación Nobel, encargada de administrar su fortuna repartiendo premios anuales para incentivar a los científicos de todo el mundo a crear mejoras en pro de la Humanidad que pudiera compensar el mal uso de los explosivos. Así nacieron los Premios Nobel.
En teoría, se supone que estos galardones deben otorgarse a aquellos científicos que desarrollaran algún tipo de técnicas o equipos de importancia sobresaliente y en beneficio de la Humanidad. No necesariamente deben ser científicos, en realidad. Según las normas originales, el premio se puede conceder a cualquier persona que contribuyera con sus investigaciones personales de manera notable en bien de la sociedad. De hecho, los 10 millones de coronas con los que está dotado -algo más de un millón y medio de dolares- estaban en teoría destinados a evitar problemas económicos del galardonado, para que pudiera seguir trabajando en sus proyectos. Así figura en el testamento del buen Alf, legado en el club Sueco-Noruego de París a día 27 de noviembre de 1895. Por aquellas fechas era todavía muy corriente entre los ricachones occidentales (ricachones merced a su mérito personal o por herencia familiar) tener algún “detalle” con su comunidad como financiar con cuenta a su cargo alguna gran obra civil o religiosa, actuar de mecenas de artistas o contribuir generosamente a diversas ayudas sociales. Una prueba más de la decadencia de nuestros tiempos contemporáneos es que en la actualidad hay más ricos -y los que hay son más ricos que los ricos que los precedieron- que en la época de Nobel pero son mucho más tacaños. De hecho, se cuentan con los dedos de una mano los ricachones modernos que tienen algún detalle con sus congéneres y los que lo hacen suelen emplear una Fundación, que es la manera de quedar muy bien ante la sociedad al tiempo que se elude pagar cantidades millonarias en impuestos.
El comité encargado de repartir los Premios Nobel estaba determinado a concederlos a toda aquella persona que realmente se los mereciera, con independencia de su país de origen, pero el rey sueco Oskar II se negaba a conceder el galardón establecido por un sueco a, digamos, un alemán o un francés. Sin embargo, alguien le convenció del poder publicitario que podría tener este premio para el reino de Suecia. “Figúrese, majestad: Suecia puede quedar ante el mundo entero como la patria de los hombres sabios, generosos, bienhechores y comprometidos con la Humanidad, como el auténtico paraíso de los benefactores del planeta”, debió decirle ese alguien. Y ahí comenzó la triste mutación de los Premios Nobel en lo que hoy conocemos.
Los premios Nobel son hoy algo muy diferente a lo que quiso poner en marcha nuestro amigo Alfred. En la actualidad, y aparte de su uso publicitario para dotar a Suecia de una imagen de paraíso terrenal que está lejos de ser, constituyen una de las vías utilizadas por aquéllos que controlan realmente los hilos para premiar a sus sicarios y para influir mentalmente sobre la sociedad. Véase por ejemplo lo ocurrido con el Premio Nobel de ¡Economía! ¿Hay algo más absurdo que un Premio Nobel de Economía en un mundo en que los economistas son incapaces de frenar la inflación, prever (al menos en público) una crisis financiera o desarrollar riqueza de manera sostenible para todo el planeta? Naturalmente, este galardón no se lo inventó Alfred, sino el Banco de Suecia (en realidad, ni siquiera este banco, que lo único que hizo fue actuar de mano ejecutora, siguiendo órdenes) que lo implantó por decreto en 1969. Que lo implantó, y que lo paga, porque aunque este galardón se “vende” como si fuera un premio Nobel, ¡no lo paga la Fundación Nobel sino la propia entidad financiera! ¿Se da cuenta del lío que se podría organizar si mañana, supongamos, la iglesia sueca o el ejército sueco decidieran añadir porque sí el Premio Nobel a la Religión o el Premio Nobel a la Guerra, asumiendo su coste? Es más, el Nobel de Economía, si repasa usted la lista de premiados, contiene un reconocimiento expreso de los Chicago’s boys.
Otro Nobel característico es el de la Paz. Observe la lista de premiados. Desde el presidente norteamericano Theodore Roosevelt en 1906 (el mismo que creó un imperio de EE.UU. en las antiguas posesiones coloniales españolas con diversas intervenciones militares en Cuba, República Dominicana o Panamá y que, sólo cuatro años antes de recibir el premio de la paz pronunciara su famoso discurso del Big Stick o Gran Palo en el que dijo que “es necesario dialogar tranquilamente a la vez que se sostiene un gran garrote”) hasta su colega Thomas Woodrow Wilson en 1919 (ese empresario del armamento que, entre otras cosas, salió elegido para el cargo de presidente tras hartarse de prometer que no metería a Estados Unidos en ninguna guerra europea y lo primero que hizo al acceder al cargo fue multiplicar las provocaciones contra Alemania, preparando incluso la farsa del hundimiento del Lusitania para poder desembarcar en la I Guerra Mundial), pasando por el inclasificable, Henry Kissinger en 1973 (no voy a incluir ningún dato acerca de éste, uno de los personajes más siniestros -entre los que se conocen públicamente- del pasado siglo) o esos “hombres de paz” que fueron el palestino Yaser Arafat y el israelí Simon Peres en 1994 (creo que guardamos aún memoria de sus actos), entre otros.
Otro Nobel de la Paz fue a manos de Al Gore y al Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, Después de todo, Gore no es más que el sinvergüenza que cuando fue vicepresidente de EE.UU. se negó a apoyar el Protocolo de Kyoto y luego ha juntado algunas monedas vendiendo humo o, mejor dicho, catastrofismo, datos manipulados y tergiversados, ideas apocalípticas muy en la línea de los “nuevos cristianos renacidos” norteamericanos…, mientras él personalmente vive contaminando y derrochando energía en un nivel muy por encima del de sus conciudadanos estadounidenses -y del resto del mundo- a los cuales fustiga y echa en culpa su “falta de conciencia ecológica”. Le dieron ese trabajo -y esa posibilidad de enriquecimiento- a Gore para que no protestara después de robarle descaradamente las elecciones que debían entronizar a George Bush junior como siguiente emperador en la presidencia de EE.UU., y a la espera de que le tocara al Partido Demócrata regresar al poder.
Para finalizar esta selecta lista, recibió el premio Barack Obama, la nueva cara que los titiriteros nos venden descaradamente. Apenas 10 días después de anunciar el envio de 30.000 soldados adicionales a Afganistán (el principal productor de heroína del mundo, aunque no siempre fue así. A mediados de los ’70 no había heroína Afganistán ni en Pakistán. Todo cambió con la invasión soviética en 1979, el entonces presidente Jimmy Carter dio luz verde a la operación encubierta de la CIA destinada a financiar y armar a la resistencia afgana.). Obama, no pudo simplemente recibir el premio, sonreír para la histórica foto y decir unas palabras sin contenido para la posteridad adormecida. Decidió escupirnos en la cara lo que la paz es, para estos energúmenos y lo cito textualmente “A veces la guerra es necesaria”.
Así están las cosas, felices sueños.
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